Almudena Ariza: el periodismo no puede ser neutral frente a las violaciones de derechos humanos

En una conversación con el periodista Rafael Cavada en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, la reconocida corresponsal española reflexionó sobre las guerras, la desinformación y la responsabilidad de contar las historias de quienes sufren la violencia. El encuentro también abrió un diálogo sobre el periodismo situado, la memoria de la dictadura chilena y el papel de las nuevas generaciones.

Por Fabiola Gutiérrez González, directora de La Neta

En una conversación con el periodista Rafael Cavada en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, la reconocida corresponsal española reflexionó sobre las guerras, la desinformación y la responsabilidad de contar las historias de quienes sufren la violencia. El encuentro también abrió un diálogo sobre el periodismo situado, la memoria de la dictadura chilena y el papel de las nuevas generaciones.

Hay una pregunta que suele acompañar a quienes dedican su vida a cubrir guerras, conflictos y catástrofes: ¿por qué correr hacia los lugares de los que otras personas intentan escapar? Para Almudena Ariza, la respuesta no está en la adrenalina ni en una supuesta fascinación por el peligro. Está en las historias de quienes viven esas tragedias y en la convicción de que alguien debe contarlas.

Esa mirada atravesó la conversación que la periodista española sostuvo con Rafael Cavada en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, en Santiago, ante un público integrado por estudiantes, periodistas y personas interesadas en los desafíos actuales de la profesión.

Ariza es una de las corresponsales internacionales más reconocidas del periodismo español. Con una extensa trayectoria en radio y televisión, ha cubierto guerras, conflictos y crisis humanitarias en distintos lugares del mundo. Su trabajo en Televisión Española (TVE) la ha llevado a informar desde escenarios de violencia y devastación, pero también a conocer las experiencias de quienes resisten, se organizan y reconstruyen sus vidas en medio de circunstancias extremas.

A lo largo de su carrera ha sido corresponsal en distintos destinos internacionales y ha desarrollado proyectos documentales y narrativos que buscan ir más allá de la noticia inmediata. Entre ellos destaca El guerrillero, un podcast que recupera una historia profundamente vinculada con la dictadura chilena.

Durante el encuentro, Ariza recordó que hubo un momento en que dejó de presentar informativos de televisión, una posición que muchas personas consideraban la culminación de una carrera periodística, para volver a aquello que realmente le interesaba. Salir a terreno, conversar con las personas y contar sus historias.

La decisión provocó incluso interpretaciones curiosas. Su marido, relató entre risas, pensó inicialmente que la habían castigado cuando comenzó a verla informando desde zonas de guerra.

Pero para ella no se trataba de un castigo. Era una forma de reencontrarse con el sentido de su profesión.

“A mí lo que me interesa son las historias humanas de las personas que están viviendo esas circunstancias difíciles”, explicó.

La humanidad en medio de las tragedias

La conversación con Cavada recorrió algunas de las experiencias que han marcado sus respectivas trayectorias como corresponsales.

Ariza recordó la cobertura del tsunami de Indonesia en 2004, cuando la destrucción, las dificultades de acceso y la falta de ayuda humanitaria dejaron a miles de personas en condiciones extremas. Relató cómo la presencia de periodistas permitió visibilizar necesidades urgentes y denunciar la ausencia de respuestas oportunas.

En aquellos escenarios, explicó, el trabajo informativo puede contribuir a que se conozca lo que está ocurriendo y a movilizar la atención internacional.

Pero las historias que permanecen en su memoria no son únicamente las de destrucción.

También están las de personas que, aun habiéndolo perdido todo, encuentran fuerzas para ayudar a otras. Las de quienes arriesgan su vida para rescatar a desconocidos. Las de comunidades que se organizan cuando las instituciones no llegan.

“A veces vuelvo paradójicamente de cubrir tragedias y catástrofes, vuelvo llena de esperanza en las personas”, señaló.

Cavada compartió experiencias similares durante sus coberturas de terremotos, recordando a personas que continuaban buscando sobrevivientes entre los escombros, incluso después de haber perdido a integrantes de sus propias familias.

Ambos coincidieron en que, aunque las imágenes de destrucción suelen ocupar los titulares, existen otras historias que permiten comprender la dimensión humana de las tragedias.

La conversación también dejó espacio para hablar de las consecuencias emocionales del oficio.

Ariza reconoció que las experiencias de las víctimas no desaparecen cuando termina una cobertura. Permanecen en la memoria, reaparecen inesperadamente y forman parte de una experiencia personal que muchas veces resulta difícil de procesar.

Al referirse a sus últimos años de trabajo en Israel, habló del sufrimiento que le produjo presenciar la deshumanización del pueblo palestino y la justificación de la violencia contra la población de Gaza.

Su testimonio cuestionó la imagen del corresponsal de guerra como alguien insensible o acostumbrado al dolor. Por el contrario, mostró que la sensibilidad frente al sufrimiento ajeno puede ser precisamente una de las razones para continuar informando.

El periodismo no es neutral: la responsabilidad de interpelar al poder

Uno de los momentos centrales del encuentro surgió a partir de una pregunta que planteé desde una convicción que atraviesa también nuestro trabajo en La Neta: el periodismo no es neutral, sino situado.

Desde esa perspectiva, le pregunté a Ariza dónde termina la neutralidad y comienza la responsabilidad de interpelar al poder, especialmente en escenarios de guerra, crisis humanitarias, concentración de medios y creciente desconfianza de las audiencias.

Su respuesta fue categórica. La responsabilidad no comienza cuando el periodista o la periodista enfrenta una situación extrema, sino desde el momento mismo en que decide ejercer su oficio.

Para explicarlo, recurrió a una comparación sencilla. Si una fuente asegura que está lloviendo y otra afirma que no, el trabajo periodístico no consiste en reproducir ambas declaraciones como si tuvieran idéntico valor. Lo que corresponde es abrir la ventana y comprobar si efectivamente llueve.

La imagen permitió abordar una discusión fundamental: la diferencia entre el rigor periodístico y una supuesta neutralidad que termina equiparando hechos comprobados con afirmaciones sin sustento.

“El periodista tiene que ser riguroso, tiene que verificar las fuentes, tiene que verificar la información, los datos, investigar, buscar, pero no puede dar a todas las fuentes el mismo valor”, sostuvo.

Para Ariza, frente a crímenes de guerra, genocidios o vulneraciones de derechos humanos, el compromiso con la verdad exige investigar, contrastar las fuentes y reconocer las evidencias. No se trata de conceder automáticamente el mismo peso a las versiones de las víctimas y de quienes ejercen la violencia.

La reflexión adquirió especial fuerza cuando abordó su experiencia reciente en Israel y la cobertura de lo ocurrido en Gaza.

Ariza describió el impacto de vivir durante dos años en una sociedad donde, según su experiencia, amplios sectores de la población respaldaban o justificaban la violencia ejercida contra el pueblo palestino. También recordó las dificultades que enfrentan las voces críticas dentro de Israel y los intentos de desacreditar a periodistas que cuestionan las actuaciones del gobierno de Benjamin Netanyahu.

Su relato permitió vincular la discusión sobre la neutralidad con otra dimensión del periodismo. Su responsabilidad de cuestionar las narrativas del poder, particularmente cuando estas contribuyen a deshumanizar a determinadas poblaciones.

La conversación dejó planteada una distinción que resulta especialmente relevante para el periodismo feminista, reconocer que toda mirada está situada no significa renunciar al rigor ni a la verificación. Significa asumir desde dónde observamos la realidad, qué preguntas formulamos y qué relaciones de poder buscamos hacer visibles.

El guerrillero: una historia chilena que cruza generaciones

La memoria de la dictadura chilena tuvo un lugar especialmente significativo durante el encuentro.

Una de las preguntas del público estuvo dedicada a El guerrillero, el podcast documental en el que Almudena Ariza reconstruye la historia de Víctor Díaz, un camarógrafo chileno con quien trabajó durante su corresponsalía en París.

Detrás de ese compañero de trabajo había una historia que la periodista desconocía, su participación en el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, el atentado contra Augusto Pinochet en 1986 y su posterior exilio.

La trayectoria de Víctor está profundamente vinculada con la historia de la represión política en Chile. Su padre, Víctor Díaz López, dirigente del Partido Comunista, fue detenido y desaparecido en 1976.

A través de entrevistas, testimonios y una investigación que la llevó a reconstruir distintos episodios de la dictadura, Ariza convirtió esa historia personal en un relato sobre memoria, violencia política, resistencia y las consecuencias que la desaparición forzada sigue teniendo para las familias.

Durante la actividad, una estudiante llamada Valentina contó que había escuchado el podcast junto a sus compañeros y compañeras, y preguntó por la importancia de que estas historias continuaran llegando a las nuevas generaciones.

La conversación adquirió entonces una dimensión inesperada y emotiva.

Entre el público se encontraba Vicky Díaz, hermana de Víctor e hija del dirigente desaparecido, quien tomó la palabra para agradecer el trabajo periodístico y compartir lo que significa para su familia que esa historia siga siendo escuchada.

“Esto primero que nada no es solamente de una sola familia. Es de tantas familias en Chile”, expresó.

Su intervención recordó que la desaparición forzada no constituye un episodio cerrado del pasado. Para las familias, la búsqueda de verdad y justicia continúa mientras no se conozca plenamente el destino de sus seres queridos.

Vicky también destacó el valor de que estudiantes conozcan estas historias, las compartan y contribuyan a mantener viva la memoria.

La escena fue uno de los momentos más significativos de la jornada: una joven que había conocido parte de la historia de Chile a través de un podcast dialogaba directamente con una de sus protagonistas, mientras la periodista que investigó y narró esos acontecimientos escuchaba el intercambio.

Allí se hizo visible una de las posibilidades más valiosas del periodismo narrativo, conectar experiencias, abrir conversaciones entre generaciones y contribuir a que las historias de las víctimas no desaparezcan del espacio público.

La desinformación y los ataques contra la prensa

Otro de los ejes de la conversación fue la transformación del ecosistema informativo y las dificultades que enfrenta el periodismo para fiscalizar al poder.

Una pregunta del público recordó el caso Watergate y el papel que desempeñaron los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein en la investigación que contribuyó a la caída del presidente estadounidense Richard Nixon.

¿Sería posible algo semejante en el escenario actual?

Ariza sostuvo que las condiciones han cambiado profundamente. Las redes sociales, los algoritmos, las campañas de desinformación y las estrategias de desacreditación de la prensa han debilitado la capacidad de los medios para influir en el debate público.

En ese contexto, cuestionó los ataques del presidente Donald Trump contra periodistas y medios de comunicación, señalando que desacreditar a quienes investigan constituye una estrategia para debilitar su capacidad de fiscalización.

Para la corresponsal española, el periodismo tiene precisamente la función de vigilar al poder, preguntar, denunciar irregularidades e incomodar a quienes toman decisiones.

Por eso, advirtió, los intentos de deslegitimar a la prensa no son hechos aislados, sino parte de un escenario más amplio en el que distintos actores políticos buscan reducir el impacto de las investigaciones periodísticas.

Sin embargo, también reconoció que la desconfianza de las audiencias tiene causas vinculadas con las propias prácticas de los medios.

Cuando se abandonan los procedimientos de investigación, contraste y verificación, sostuvo, se debilita aquello que distingue al periodismo de otras formas de comunicación.

La respuesta, planteó, no puede ser alejarse de las plataformas digitales, donde especialmente las nuevas generaciones buscan información, sino participar en ellas con contenidos rigurosos y transparentes.

En un momento de la conversación, Ariza invitó a las y los estudiantes a preguntarse quién produce la información que consumen, cuáles son sus intereses y qué procedimientos utiliza para verificarla.

La alfabetización informativa apareció así como una responsabilidad compartida entre periodistas, medios y ciudadanía, particularmente frente a la circulación de contenidos falsos y las nuevas posibilidades de manipulación que ofrece la inteligencia artificial.

Memoria, democracia y nuevas generaciones

Hacia el final del encuentro, la conversación volvió a la historia de las dictaduras de Chile y España.

Ariza recordó que, pese a los avances democráticos, su país todavía enfrenta dificultades para recuperar la memoria de las víctimas del franquismo, investigar las desapariciones y garantizar espacios de reconocimiento y reparación.

También expresó preocupación por los discursos que relativizan las violaciones de derechos humanos cometidas durante las dictaduras, especialmente cuando encuentran eco entre personas jóvenes que no vivieron esos períodos.

En ese contexto, valoró la existencia del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos como un espacio que permite conocer la historia, escuchar testimonios y reflexionar sobre las consecuencias de la violencia estatal.

Su intervención conectó con una preocupación que había atravesado toda la conversación: la necesidad de transmitir experiencias y conocimientos a generaciones que reciben buena parte de su información a través de redes sociales y plataformas digitales.

El encuentro había comenzado con una pregunta sobre los riesgos que asumen quienes ejercen el periodismo en zonas de conflicto. Una hora después, el diálogo había recorrido guerras, catástrofes, desapariciones forzadas, genocidio, desinformación y memoria histórica.

Pero también había permitido escuchar a una estudiante dialogar con una familiar de un detenido desaparecido, a dos corresponsales reflexionar sobre las consecuencias humanas de su trabajo y a una periodista defender la necesidad de investigar sin confundir el rigor con la equidistancia.

En tiempos en que los discursos autoritarios cuestionan la legitimidad de la prensa y las plataformas digitales amplifican la desinformación, la conversación con Almudena Ariza recordó que el periodismo sigue teniendo una responsabilidad pública insustituible.

No se trata únicamente de llegar primero a los lugares donde ocurren los hechos ni de acumular imágenes de guerras y tragedias. Se trata de escuchar, investigar, contrastar, hacer visibles las relaciones de poder y contribuir a que las historias de quienes han sufrido la violencia no sean silenciadas.

Porque contar lo que ocurre también es una forma de disputar el olvido.