La Cofradía: radiografía inicial de la machosfera chilena

Por Javier Osorio Varas | Psicólogo PUCV | Diplomado en Masculinidades y Cambio Social UBA

En el universo online sentirse, pensarse y narrarse varón es una realidad tan palpitante como polarizada. Por un lado, están quienes imaginan formas de ser menos violentas y rígidas; por otro, quienes se han replegado en la machósfera, recurriendo a la violencia misógina para perpetuar la dominación. La machósfera es el conjunto de discursos y prácticas difundidos en blogs, YouTube, Instagram, TikTok y chats, que alojan movimientos masculinistas y antifeministas.

Este fenómeno transnacional ha proliferado bajo la cuarta ola feminista, que instaló una interpelación inédita hacia las masculinidades, en lo que el Instituto de Masculinidades y Cambio Social llamó «la fractura del bloque hegemónico», abriendo un escenario de disputa por cómo se debe ser hombre hoy. Estas subculturas digitales son parte de la reacción antifeminista que busca librar «la batalla cultural contra la ideología de género».

De esta manera, abierta la supuesta “crisis de la masculinidad”, la socióloga española Beatriz Ranea (2021) plantea que la masculinidad hegemónica se ha ido resquebrajando. Y si bien por esas grietas puede entrar la luz, también puede hacerlo la sombra: primero voces sueltas -—influencers machosféricos—- que convirtieron el malestar masculino en modelo de negocio; después, un programa vía YouTube «La Cofradía», que le dio casa y bandera a esa reacción, a nivel macro, alineado con la ultraderecha chilena.

La Cofradía, panel de streaming vinculado al Partido Nacional Libertario, entró en la palestra recientemente por los comentarios de Ítalo Omegna —de «humor negro», según él— sobre abuso sexual infantil contra infancias autistas. Este espacio es vitrina de los mandatos más rígidos de la masculinidad: la burla a la otredad y la humillación como muestra de virilidad. Para muestra, cuando el sociólogo Andrés Kogan, recientemente, escudriñó a La Cofradía en Le Monde Diplomatique, la respuesta fue denostarlo: «maricón», «fleto», «no ponerla nunca», de manual.

A todas luces, estamos ante un germen machosférico chilensis, analizable bajo la homosocialidad masculina, concepto acuñado por Eve Sedgwick (1985) que ahonda sobre los profundos lazos de camaradería entre varones, blindados por una negación hiperbólica de la homosexualidad, donde el distanciamiento homofóbico opera como mecanismo regulador. Reírse no es un gesto espontáneo sino una contraseña —reír te hace pertenecer, dudar te vuelve posible blanco—. Por eso la burla escala: en la Cofradía y preocupantemente en muchos espacios masculinizados, la crueldad es la moneda con que se paga la pertenencia.

Así Omegna, recientemente desvinculado como asesor del diputado libertario Hans Marowski, es apenas un nombre, lo relevante es la estructura que lo produce y reproduce. Rita Segato la llama «fratría» (2003): una hermandad masculina cuyo valor supremo no es la vida, sino la lealtad. «Si no se obedece, se es expulsado», explicó en una entrevista reciente en 2025. Ni la familia escapa a la burla, el líder del grupo, Emiliano Fernández, preguntó si María Gracia Omegna —hermana de Ítalo y reconocida actriz— estaba casada, y ante la negativa lanzó una broma sexual, Ítalo no lo frenó, incluso insinuó la posibilidad de «negociarla», riendo junto al resto. Cambiar de protagonista no cambiaría el libreto. Sobre la misma tónica, días después, Fernández declaró que el femicidio no existe, pese a los 50 casos que la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres registró solo en 2024.

La fisura de la masculinidad está abierta, intermediada por la arquitectura algorítmica, precisamente por el alcance que esta otorga a los contenidos extremistas, propiciando que se masifique este tipo de discursos. Disputarla no depende solo de interpelar al próximo Omegna, sino de ocupar ese territorio, digital y cotidiano, con más brío que el odio, buscando desenmarañar la telaraña digital de la masculinidad.