​​En Catemu tenemos el lema «transformar la rabia en organización»

*Por Paula Rodríguez

 

En los últimos años nos hemos convocado para marchar por la escasez de agua; para denunciar malas prácticas de empresas agroexportadoras; para solicitar procesos de participación ciudadana ante el Servicio de Evaluación Ambiental; para organizar el Festival del Agua; para presentar observaciones a proyectos mineros; para visibilizar actos de abuso sexual contra nuestras hermanas; para plantear ante diputados y senadores nuestra mirada sobre leyes que nos afectan; para llegar a reunirnos con el gobernador y diversas autoridades regionales; para articularnos y unir fuerzas con otras organizaciones del Valle de Aconcagua. 

 

Nuestro aire está contaminado por material particulado y gases tóxicos, la tasa de personas con cáncer, enfermedades gástricas, niñas y niños con problemas de aprendizaje supera al promedio de otras comunas. Hay sectores donde malamente se puede dormir, con el ruido de las chancadoras de mineral, con las tronaduras, con la maquinaria agrícola… La producción es más importante que el descanso de los vecinos. La producción es más importante que cualquier cosa. «Es que dan trabajo». El agua escasea, aunque los paltos sigan verdeando por los cerros, los animales se mueren y las parcelas ya no tienen siembras. El campesino se empobrece, la juventud migra. 

 

Y, sin embargo, nuestra convocatoria no ha logrado sumar voluntades a nivel masivo. Las personas que estamos dispuestas a movilizarnos seguimos siendo pocas. 

 

Los esfuerzos han sido sostenidos, pero hay otras fuerzas que todavía pesan más: la televisión, por un lado, que nos ha dejado claro que mentir y confundir es lícito cuando se hace con el alto auspicio de las grandes empresas; las organizaciones como la Sociedad Nacional de Agricultura, que comenzó su intensiva campaña muy tempranamente, asustando a la gente asociando las más torcidas amenazas con todo lo que oliera a cambio o rebeldía; las órdenes de los patrones, el miedo a perder el trabajo; las «ayudas» de las mineras, con sus cajas de mercadería o sus tickets para cobrar balones de gas. Cuando la necesidad apremia, el miedo cunde y la obediencia se asocia a seguridad.

 

La nueva Constitución era nuestra oportunidad de redistribuir las aguas de manera más justa para que se asegurara el consumo humano y la subsistencia campesina. Era el empoderamiento de las mujeres para tener igualdad de representación. Era el paso de un Estado indolente y ausente a uno garante y solidario. Era la puerta para empezar a realizar transformaciones profundas.

 

Mientras nosotros tratábamos de transformar la rabia en organización, ellos transformaron nuestros esfuerzos en una caricatura de comunismo disfrazado de revolución; tergiversaron nuestro relato, nuestra defensa del territorio fue pintada de burla y resentimiento.

 

Empezamos organizando reuniones en las juntas de vecinos: en la primera llegó una familia con su hija con discapacidad, escuchar su testimonio de cómo es pasar una vida viajando del campo a los hospitales de la ciudad con una silla de ruedas, nos estremeció a todos, aunque no éramos muchos; poquita gente llegó a las siguientes convocatorias. Aunque lleváramos té y café, aunque horneáramos galletas la noche antes para que el encuentro fuera cálido y con cariño.

 

Pasamos infinitas horas contando nuestra verdad desde nuestras redes sociales, respondiendo pacientemente inusitados ataques de bots. Recorrimos las calles repartiendo copias de la propuesta, compradas con nuestras pequeñas posibilidades de reunir fondos; mientras tanto, la versión «oficial» tenía toda la pantalla, la radio, la prensa escrita y la maquinaria tecnológica muy bien financiada y orquestada.

 

Conversamos todo lo que pudimos con la gente en la feria, en los barrios, en la plaza: nos recibían el volante, nos escuchaban hablar, a veces sonreían en silencio, a veces confesaban que en realidad no entendían qué había que votar; si era bueno aprobar, por qué entonces era todo tan confuso. No faltó la señora feriante que ahí mismo, en su puesto, ante nuestros ojos arrugó con furia un volante porque según ella a los emprendedores no les ayudaba en nada la nueva Constitución, no hubo siquiera opción de responderle

 

Otro día, un caballero corrió casi una cuadra para devolvernos unos volantes que habíamos puesto en su reja, extendió el brazo con el ceño fruncido declarando que «acá todos somos Rechazo».

 

Compartimos de todas las maneras posibles los artículos que hablaban de ruralidad, de agua para la agricultura familiar campesina, de semillas libres, pero de alguna manera nuestro mensaje era recibido con una incredulidad que había sido sembrada con anterioridad y con mucha fuerza. 

 

En demasiadas ocasiones, les habían dicho que la Constitución nueva les quitaría el agua a los agricultores, el Estado les diría lo que podían o no sembrar, se acabaría el rodeo y todas las tradiciones. Habían escuchado demasiadas veces que la Convención quería destruir las tradiciones y dividir el país. Si todas las horas que pasamos respondiendo que no, que nadie les va a quitar su casa y que tampoco nadie les diría a qué escuela llevar a sus hijos, tal vez podríamos haber hablado más de las ventajas de la Nueva Constitución.

 

El día que se produjo un enfrentamiento entre ciclistas y huasos a caballo en la Alameda, algunos vimos a un señor pegándole al caballo para que corra y pase por encima de los ciclistas. Al mismo tiempo, otros vieron ciclistas tirando piedras y hasta ladrillos a los caballitos. Cada cual vio lo que la burbuja de su algoritmo le mostró. Igual que el día que despertamos viendo en nuestros chats que habían asaltado violentamente el banco de Catemu con armas de fuego. A las horas, se supo que la noticia era falsa y que el video era de otro lugar. Pero ya había quedado instalado el mensaje: nuestro problema más grave es la delincuencia, estamos igual de inseguros que en las ciudades, necesitamos más carabineros y mano dura con los delincuentes (sobre todo si son migrantes).

 

Mientras en nuestras asambleas territoriales recién debatíamos sobre abordar o no este proceso que se abrió con el Acuerdo por la Paz, votábamos para resolver acaso queríamos legitimar esa decisión de las cúpulas de los partidos saliendo a disputar cupos en la Convención Constitucional, había una élite que ya invertía y trabajaba en evitar a toda costa que las transformaciones reclamadas en la revuelta llegaran a hacerse realidad.

 

Recordemos que mientras se instalaba la Convención, la tele ya instalaba ideas sobre convencionales queriendo subirse el sueldo, no sabiendo qué hacer, haciendo nada o bañándose borrachos y desnudos en algún hotel; fueron eficaces hablando de que la mentira, el odio y el egoísmo venían de la Convención, de los constituyentes, de las influencias extranjeras o de siniestras manos invisibles que querían dividir y destruir el país.

 

Decidimos entrar a disputar los espacios que la institucionalidad nos ofreció, pero realmente nunca nos abrió. Nos organizamos, trabajamos duro, aprendimos, soñamos, logramos que nuestros candidatos independientes llegaran a la Convención. Contra todo pronóstico, logramos lo que parecía imposible: cumplir con los plazos y redactar un texto que reunía todos los sueños y esperanzas que surgieron desde el clamor popular, que fue felicitada por expertos de diferentes países. Pero no pudimos contra la maquinaria que estuvo dispuesta a todo con tal de que no lo lográramos.

 

La señora feriante, la familia que ha vivido el doble dolor de su hija con discapacidad y la marginalidad de los servicios de salud en la ruralidad, el campesino que se queda sin agua para sus siembras, las mujeres víctimas de la violencia de género… demasiada gente no llegó a ver las oportunidades que la Nueva Constitución abría para cambiar la historia. Pudo más el manto de dudas, la desinformación, el miedo y, tal vez, una desesperanza aprendida que flota en el aire. Una triste convicción de que si ya hemos llegado a este punto de injusticia, inequidad, abuso e impotencia es porque quienes se atrevan a soñar algo distinto serán castigados. 

 

Con esta desesperanza es muy difícil lidiar, porque enseña a agachar la cabeza y seguir las órdenes del que manda, no sea cosa que si nos creemos el cuento nos vaya peor. Es como que las mineras, los palteros, los poderosos, los políticos, siempre van a ganar, y contra eso lo mejor que podemos hacer es trabajar en silencio y no llamar la atención.

 

Apenas cuatro o cinco autos con banderas tocaron bocinas en nuestras calles después de conocerse el aplastante 67-33 local. No hubo celebración en la plaza de Catemu la noche del 4 de septiembre. Pareciera que la mayoría de la gente que colaboró con su voto a sepultar la propuesta de nueva Constitución, no sabía bien qué o quiénes habían ganado.

 

Somos una parte de esa mayoría silenciosa, que creyó haber despertado en masa, y demostró que aún nos falta más proceso. Sentimos la derrota, pero no por el esfuerzo invertido, porque todo lo construido queda y continúa avanzando. Asusta constatar que la mentira gane y no tenga costos; que la élite política y económica se empodere y salga fortalecida tan poco tiempo después de haber sido tan fuertemente cuestionada y deslegitimada. 

 

Angustia pensar en el futuro y cuánto tendrá que pasar para que tengamos una nueva oportunidad como la que acabamos de perder. Duele la frustración y agobia ver que el camino se alarga. Pero nosotros sabemos de injusticias, ya nos han puesto el pie encima muchas veces.

 

Nos quedamos con el aprendizaje, la articulación y las confianzas que hemos logrado construir. Los problemas siguen ahí y también nuestras esperanzas. Seguiremos intentando, abriendo caminos nuevos, con la convicción intacta de que un país más justo, digno y solidario no sólo es posible, sino absolutamente necesario.

 

*Paula Rodríguez es vocera de la organización Catemu en Movimiento

Un comentario de “​​En Catemu tenemos el lema «transformar la rabia en organización»

  1. Zulema Contreras Muñoz dice:

    no sabe lo que me entristece y emociona su relato…tengo la misma sensación de pena, de no comprensión….parece que el sistema se nos coló en el alma. Gracias a Uds, gracias a la Convención y como siempre, nos limpiaremos las lágrimas y seguiremos luchando por conquistar un mundo mejor para todos, con educación popular para comprender qué no s conviene y qué no.
    Cariños Zulema Contreras
    Le dejo en décimas mi sentir

    Chile es neoliberal.
    esta verdad es un quebranto
    ¿por que pa´ los indios tanto?
    no pesó la paridad
    los derechos, la igualdad
    derrota amarga y notoria
    quedará en nuestra memoria
    miro, escucho y no lo entiendo
    ¿dónde es que habita mi pueblo?
    ¿podremos cambiar la historia?

    Ameluz Anallimlap, 10 sept 2022

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