Oops!… They Did It Again: la capacitación como excusa para no entregar poder a las mujeres

Por: Pamela Bustamante, pasante de Corporación Humanas

Durante años se nos ha vendido la idea de que la baja presencia de mujeres en las cúpulas de poder se resuelve con una receta simple, la capacitación. Desde 2016, la ley obliga a los partidos a destinar al menos un 10% del aporte fiscal que reciben a «fomentar la participación política de las mujeres». Los partidos han respondido, cuando cumplen (porque no siempre lo hacen), llenando sus calendarios de seminarios, talleres de oratoria y charlas sobre liderazgo. Detrás de esa fachada de compromiso se esconde una paradoja, pues la capacitación se ha convertido en el mejor pretexto para no entregar poder real y sostener una división de género artificial dentro de la política.

El argumento parte de una premisa falsa, según la cual las mujeres no llegan a cargos de decisión porque les faltan herramientas, preparación o confianza. Una premisa que, llevada al extremo, termina en una afirmación tan sencilla como problemática: “simplemente no hay mujeres”. Los propios datos del Servel cuentan una historia distinta. Las mujeres son el 51,2% del padrón electoral y, además, participan en mayor proporción que los hombres. También están presentes en los partidos: representan el 46,6% de sus afiliaciones. El problema aparece cuando se mira quiénes logran llegar más arriba. En la conducción partidaria, su presencia ha fluctuado apenas entre el 15% y el 28,6%; en el Congreso representan un 34,4%, y en los gobiernos locales la brecha se hace todavía mayor: solo ocupan el 16,5% de las alcaldías y ninguna de las 16 gobernaciones regionales. Las mujeres están ahí, participan y militan. Lo que se vuelve cada vez más difícil es que puedan atravesar la puerta hacia los espacios donde realmente se toman las decisiones.

La prueba más clara está en comparar elecciones. Desde la Ley 20.840, ningún sexo puede superar el 60% de las candidaturas al Congreso, y en 2025 las candidatas superaron el 44%. En las elecciones municipales esa obligación no existe, y en 2024 apenas una de cada cuatro candidaturas a alcalde fue de una mujer. La preparación de las mujeres no cambió de una elección a otra; lo que cambió fue la regla. El filtro está en la nominación, es decir, dentro de los partidos.

Mientras tanto, los talleres operan como una sala de espera infinita. A las militantes se las instruye una y otra vez sobre cómo hablar en público, cómo redactar un proyecto o cómo entender la perspectiva de género. Entretanto, los hombres negocian candidaturas, alianzas y cuotas de poder sin certificar diploma alguno de idoneidad. Lo más revelador está en la letra chica. El instructivo con que el Servel fiscaliza ese 10% acepta talleres, escuelas de liderazgo y actividades para que las mujeres tengan un rol activo dentro del partido, pero deja fuera de esa cuenta la preparación de candidatas a cargos de elección popular, que la ley trata como un gasto aparte. El resultado es que el único gasto de género que la ley obliga a hacer forma a las mujeres para participar en el partido, no para competir por el poder. Las capacita, justamente, para la antesala.

Esta lógica también fragmenta a las propias colectividades. Al encasillar a las mujeres en «la agenda de género» o en «la comisión de la mujer», los partidos logran un doble propósito: lavan su imagen hacia afuera con métricas de inclusión y, al mismo tiempo, alejan a sus dirigentas de las discusiones estructurales, como economía, defensa, infraestructura o gobernabilidad. Así, la política queda dividida en temas «de hombres», los serios y presupuestarios, y temas «de mujeres», los sociales y testimoniales.

Cuando la formación se reduce a un ítem en una auditoría, la igualdad se vuelve un acto performativo, y ni siquiera ese trámite se cumple bien. En 2022, el Servel descontó $136,9 millones del aporte a partidos que no acreditaron el mínimo, la cifra más alta desde que existe la obligación. En la fiscalización del gasto 2025 rechazó, entre otros, un evento «para mujeres» en que al menos la mitad de los asistentes eran hombres y un informe que, según el organismo, estaba 87% generado con inteligencia artificial. Una concejala entrevistada por las politólogas Rocío Torres Oyanedel y Julieta Suárez-Cao lo resumió sin rodeos: «se cumple como con el mínimo porque el Servel te pide la cuestión».

Nada de esto significa que la formación política sobre. Para muchas mujeres sin redes ni trayectoria partidaria es una puerta de entrada real. El problema es que se ha convertido en la única política de género de los partidos, cuando debería ser el piso. Si los partidos quieren hablar en serio de democracia e inclusión, la vara no puede ser cuántas asistentes llenaron un taller, sino cuántas mujeres nominaron en comunas y regiones donde podían ganar. Eso implica discutir reglas de nominación para alcaldías y gobernaciones, igual que se hizo para el Congreso. Es hora de dejar de tratar a las militantes como alumnas eternas y reconocerlas como pares con pleno derecho a disputar y ejercer el poder.