Desde hace más de tres semanas, Francia sale a la calle para reclamar más recursos para la educación. Manifestaciones que comenzaron con el bloqueo de un instituto, se están convirtiendo en un movimiento nacional que cuestiona el lugar que se concede a los jóvenes en la sociedad francesa.
Por: Charlotte Duplantier, practicante de La Neta
Ratas en los pasillos, filtraciones de agua, inundaciones y techos derrumbados: esto es lo que se puede ver en los vídeos publicados en las redes sociales por los alumnos del Liceo Paul Eluard, en la región parisina. En otro vídeo, los alumnos y profesores de otro instituto de la misma región denuncian la falta de recursos: “Soy estudiante en Blaise Cendrars, obvio que no tenemos mesas para hacer clases”, “Soy profesora en Blaise Cendrars, obvio que cuando estuve embarazada mis alumnos pasaron seis meses sin clases de francés”. Estas condiciones se denuncian desde hace más de dos años y, en septiembre de 2026, volvieron a movilizarse por las mismas razones.
Todo partió en Créteil el jueves 17 de septiembre, cuando los profesores del liceo Saint-Exupéry entraron en paro por falta de profesores y parte de los estudiantes decidió bloquear el establecimiento para tomar el relevo. Grabaron el bloqueo y lo difundieron en redes, y en menos de diez días el movimiento se volvió nacional: el 1 de octubre, 1.027 de los 3.700 liceos del país se vieron afectados por la movilización, con 222 bloqueos, según el Ministerio del Interior.
¿Qué piden?
Las reivindicaciones son varias: la contratación de nuevos profesores, la renovación de los centros educativos teniendo en cuenta el cambio climático y la supresión de Parcoursup, la plataforma a través de la cual los alumnos solicitan plaza en la enseñanza superior y reciben una respuesta. La critican por su falta de transparencia y por la sensación de que su futuro depende de un algoritmo. También piden una revisión de los horarios y del ritmo escolar. Con jornadas que se prolongan de las 8:00 a las 18:00, Francia es el país europeo con más horas lectivas semanales, con una media de 34 horas.
¿Una movilización que traspasa los límites de los institutos?
El movimiento no se limitó a las aulas, sino que se amplió a nuevas reivindicaciones, con la participación de los estudiantes. Según el sindicato estudiantil Union Étudiante, el 13 de octubre, el 90 % de las universidades francesas estaban bloqueadas o cerradas. Además, con una marcha nacional el 17 de octubre y el llamamiento lanzado por varios sindicatos de distintos sectores profesionales, las reivindicaciones y las críticas hacia el Gobierno se han entremezclado: los chalecos amarillos contra el “alto coste de la vida”, la CGT, los jóvenes trabajadores y las familias.
Esta solidaridad se refleja en los casos de Méloé, Nicolas y Marie: tres jóvenes, tres edades y tres trayectorias de vidas diferentes, pero un mismo compromiso.
Méloé tiene 17 años y estudia en un liceo de una ciudad pequeña, Dax. Se movilizó, durante una tentativa de bloqueo de su instituto para “apoyar a otros liceos que lo necesitan más que nosotros, porque somos un poco privilegiados”, aunque en su establecimiento ya “no hay sistema contra incendios” y estuvo tres semanas sin profesor de filosofía.
Marie, de 20 años, estudia en una universidad parisina y ha participado en tres marchas estudiantiles. Para ella era “completamente obvio” movilizarse: “Soy consciente de las condiciones precarias de algunos liceos y de la desigualdad de oportunidades, aunque yo estuve en uno donde no faltaba nada”. También ha decidido movilizarse contra los recortes presupuestarios en materia de cultura, ya que “las reivindicaciones de los estudiantes y del mundo cultural están relacionadas; defendemos el acceso al conocimiento y a la creación”.
Nicolas, de 27 años y ejecutivo joven, marchó el 17 de octubre en París “claramente en solidaridad” con los liceanos, pero también para criticar que la política no considera a la juventud. Para él, “el corto plazo es la prioridad” como la gestión de las pensiones porque “ tenemos una población envejecida. Entonces se ocupan de responder a sus necesidades para recuperar sus votos”.
“Lo mejor sería que volviéramos a situar a los jóvenes y el futuro en el centro de las prioridades para construir algo estable. Pero ni siquiera pido eso, solo pido que ‘nos tengan en cuenta como no lo han hecho en mucho tiempo’”, afirma.
Un sentimiento de ser “abandonados”
Detrás de esta solidaridad se percibe un sentimiento compartido de “no ser escuchados” y “ser abandonados”. Para Nicolás, todo esto comenzó con la crisis de la COVID-19, cuando el Gobierno “apoyó a las empresas, a la población activa y a los jubilados, pero muy poco a los jóvenes”. Y añade: “El Ministerio nos dio muy pocas explicaciones sobre cómo íbamos a seguir con las clases […] ¡Fue más bien un sálvate como puedas”!”.
Para Marie, este abandono continúa hoy en día: “Llevamos más de tres semanas con bloqueos por todas partes y, por ahora, nada cambia”. También cuestiona las decisiones presupuestarias del Gobierno, ya que “la juventud es el futuro; somos nosotros quienes vamos a construir el país”.
Sin embargo, el gobierno habilitó una plataforma de diálogo, Agora, para que los liceanos se expresen, además de espacios de discusión en los establecimientos. Pero, según Méloé, “mucha gente no sabía que habría una asamblea general” en su liceo.
Tras los saqueos y destrozos en comercios al margen de la marcha del 17 de octubre, el presidente Emmanuel Macron anunció un toque de queda en varias ciudades y la prohibición de las concentraciones no declaradas, con el fin de proteger “nuestros centros urbanos y, en particular, nuestros comercios y edificios”. Ante la falta de propuestas para dar respuesta a las reivindicaciones, Marie consideró que el discurso presidencial no era más que “un simple resumen de la violencia, lo que demuestra un mutismo total frente a las reivindicaciones”. Nicolas lo resume así: “Tengo la impresión de que nos dice: ‘no es nuestro problema’”.

