Aunque las mujeres ya acceden ampliamente al sistema financiero y presentan mejores indicadores de pago que los hombres, todavía existen importantes diferencias en los montos de financiamiento que manejan. La brecha se cruza con menores ingresos, mayor informalidad y dificultades para hacer crecer sus negocios, especialmente fuera de los grandes centros urbanos.
Por: Camila Ferreira Ormeño.
Las mujeres chilenas ya entraron al sistema financiero: tienen cuentas bancarias, ahorran, piden préstamos y utilizan créditos. De hecho, actualmente existen más mujeres que hombres con deuda bancaria. Pero ¿cuánto dinero hay detrás de ese acceso?
Según el Informe de Género en el Sistema Financiero 2026 de la Comisión para el Mercado Financiero (CMF), por cada 100 hombres con créditos bancarios existen 103 mujeres deudoras. Sin embargo, la deuda promedio de ellas representa solo el 62% de la que mantienen los hombres. La brecha persiste especialmente en los créditos comerciales. En síntesis, acceder al sistema financiero no significa necesariamente hacerlo en igualdad de condiciones.
Ellas pagan mejor
A diciembre de 2025, la mora bancaria de 90 días o más rondaba el 1,4% entre las mujeres y el 2,2% entre los hombres. La CMF también identificó en ellas menores niveles de endeudamiento, carga financiera, deterioro y renegociación de las deudas. Esto no permite concluir que las instituciones financieras discriminen directamente a las mujeres al otorgar un crédito, ya que los montos dependen de factores como ingresos, capacidad de pago, patrimonio y antecedentes financieros. Pero sí descarta que la brecha pueda explicarse porque ellas paguen peor.
La presidenta de la CMF, Catherine Tornel, explicó que las diferencias actuales ya no se concentran tanto en el acceso al sistema, sino en la “profundidad” con que hombres y mujeres pueden utilizarlo, particularmente en los montos de crédito y ahorro. La diferencia se hace más evidente en los créditos comerciales. Durante 2025 había 188.713 mujeres con este tipo de financiamiento, frente a 270.997 hombres. Además, las colocaciones promedio alcanzaban los $23,2 millones para ellas y $38 millones para ellos.
La desigualdad, entonces, también se expresa en cuánto margen financiero existe para invertir, comprar maquinaria, ampliar un local o hacer crecer un negocio.
¿Se vale emprender con menos?
La brecha financiera se inserta en una desigualdad económica que comienza antes de solicitar un préstamo. La VIII Encuesta de Microemprendimiento del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) reveló que durante 2025 los hombres microemprendedores obtuvieron una ganancia mensual promedio de $1.071.852, mientras las mujeres alcanzaron los $473.936: una diferencia de 55,8%. Además, el 59% de las microemprendedoras trabaja en la informalidad, frente al 51% de los hombres. Esto puede generar un círculo difícil de romper: necesitan financiamiento para hacer crecer o formalizar sus negocios, pero sus menores ingresos o dificultades para acreditarlos también pueden limitar su acceso a productos financieros.
Por ello, muchas personas terminan financiando por otras vías. El 60,4% de quienes microemprenden inició su negocio con recursos propios y solo el 12,2% utilizó principalmente un préstamo o crédito. Entre quienes se endeudaron, el 49,7% pidió dinero a familiares o amistades, un 19,1% recurrió a créditos bancarios de consumo y apenas un 8,3% utilizó un crédito comercial.
Emprender mientras se cuida
La desigualdad tampoco termina en el negocio. Según la misma encuesta, el 95,7% de las mujeres microemprendedoras participa en trabajo doméstico o de cuidados no remunerado, frente al 89,4% de los hombres. En el cuidado directo de otras personas participan el 46,6% de ellas y el 31,4% de ellos. El emprendimiento no nace siempre de una oportunidad empresarial. El 60,8% de las mujeres microemprendedoras inició su actividad por necesidad, frente al 41,6% de los hombres. Entre las razones aparecen la falta de un trabajo asalariado, la necesidad de generar ingresos y la búsqueda de flexibilidad para compatibilizar responsabilidades familiares.
Fuera de los grandes centros urbanos se agrega otra dificultad. La Araucanía registró en 2025 la mayor informalidad microemprendedora del país, con 66,1%, seguida por Tarapacá, Atacama y Maule. Para las mujeres rurales, además, acceder al financiamiento puede significar enfrentar largas distancias, actividades económicas pequeñas o estacionales y mayores dificultades para acreditar ingresos.
Fondos que no reemplazan el acceso al crédito
El Estado cuenta con programas para apoyar el emprendimiento femenino. Capital Abeja Emprende de Sercotec entrega en 2026 un subsidio de $3,5 millones a las mujeres seleccionadas para formalizar y poner en marcha sus negocios. FOSIS, en tanto, abrió 28 mil cupos nacionales para programas de emprendimiento dirigidos a personas en situación de mayor vulnerabilidad. Son herramientas relevantes, pero funcionan mediante cupos, requisitos y procesos de selección. Un subsidio estatal tampoco reemplaza la posibilidad de acceder regularmente a financiamiento para hacer crecer un negocio.
En el caso de las mujeres rurales, durante 2026 el Gobierno congeló el ingreso de nuevas beneficiarias al Programa Mujeres Rurales INDAP–PRODEMU y decidió terminar el convenio mediante el cual funcionó durante más de tres décadas. Las participantes actuales continuarán su proceso e INDAP asegura que posteriormente podrán acceder directamente a sus instrumentos. Sin embargo, 755 mujeres que habían manifestado interés en ingresar este año quedaron fuera del convenio.
INDAP argumentó que administrar directamente los recursos permitiría destinarlos con mayor eficiencia a las productoras. PRODEMU, en cambio, advirtió que el programa llegaba a 179 comunas y que su valor no estaba únicamente en el apoyo productivo, sino también en el acompañamiento, la autonomía y la organización de las mujeres. La discusión ocurre mientras ellas siguen demostrando que participan del sistema financiero y presentan buenos indicadores de pago, pero continúan manejando montos significativamente menores.
La inclusión financiera no puede medirse únicamente preguntando cuántas mujeres tienen una cuenta bancaria o acceden a un crédito. También importa saber cuánto financiamiento reciben y si este les permite realmente invertir, crecer y construir autonomía económica.

