Esbozo de autocrítica política

*Por Mathías Martínez González

 

Las fuerzas progresistas y transformadoras estamos afrontando una derrota brutal que es de carácter histórica, política, cultural y, por qué no decirlo, también es una derrota personal para todos quienes movilizamos múltiples energías, especialmente desde 2019 a la fecha, luchando incansablemente para tener por fin, en nuestro país, una Constitución redactada en democracia.

 

No es un ejercicio sencillo buscar y escudriñar las causas múltiples de esta debacle, sobre todo por encontrarnos aún presos por la angustia, la decepción y el desencanto. Nuestro sueño de otro país posible hoy por hoy se derrumba frente a nuestros propios ojos y en muchos de nosotros no queda más que una gravosa sensación de impotencia. Los pueblos deciden y con mucha humildad hay que asumir esa decisión. La crítica, pero sobre todo la autocrítica, debe ser severa.

 

Intento aquí comenzar ese proceso de escrutinio, teniendo en vista la advertencia que varios militantes con trayectoria están realizando: “El verdadero proceso de autocrítica comenzará años más tarde, cuando logremos procesar esta derrota libres de la humillación, (…) algo similar nos sucedió a nosotros varios años después del golpe de Estado”.

 

Hay varios elementos que están siendo objeto de discusión en el debate público, los paso a mencionar bajo el rótulo que se les está dando: “el circo constituyente”, “los excesos refundacionales de la Convención”, “la poca preparación de los convencionales constituyentes”, “la burbuja en la que vive el progresismo” , “el fracaso de las nuevas izquierdas y de su política de la identidad” , “el triunfo del malestar” , “las mentiras y la manipulación de la opinión pública por parte de los medios masivos de comunicación”, “la desinformación de los sectores populares”, “el rechazo a la gestión del Gobierno” y en fin… tantas más, que aparecerán con mayor claridad a medida que pasen los días. 

 

En estas líneas quiero esbozar una autocrítica que tiene relación con la desmovilización social y la incapacidad de las militancias sociales de generar una pedagogía popular constituyente. Lo hago pensando desde mi propia experiencia como activista social, sabiendo que esta se replicó en diferentes espacios y bajo signos bastantes similares.

 

Fue al calor de octubre que en nuestro país se levantaron múltiples espacios políticos territoriales con las más diversas denominaciones: Cabildos, Asambleas, Mesas, Cordones Barriales, por nombrar algunos. Estas formas organizativas, novedosas en el ciclo político de las últimas décadas, tuvieron, una impronta impugnadora, criticando duramente al duopolio político chileno (No son 30 pesos, son 30 años) y recogiendo como también colmando de contenido en clave de demanda constituyente, las ideas que estuvieron presentes en la revuelta: educación, pensiones, aguas libres, fin al Sename, no + corrupción, fin a la violencia de género, participación, mayor igualdad, etc. 

 

Durante aquel proceso político, muchos de esos espacios fueron claves en la difusión y activación de la conversación pública en torno a las discusiones relativas a los grandes temas de la educación cívica, como también acerca de la necesidad de que el proceso decantara en una nueva Constitución.

 

Muchos de esos espacios políticos decidimos, pese al miedo y las dudas, enfrentar los procesos electorales de forma protagónica. Emocionados por la posibilidad histórica que se abría, destinamos tiempo, recursos y energías en levantar listas electorales para disputar institucionalmente un espacio de representación en la Convención Constitucional. Si bien las probabilidades eran bajas, existía cierta chance. En caso de que así ocurriera, nos prometimos que nuestro trabajo no cesaría, que seguiríamos desplegándonos en los barrios, que rodearíamos y desbordaríamos la Convención Constitucional (Tesis que fue compartida inclusive por algunos Partidos). 

 

Los Movimientos Sociales de diversas latitudes nos comprometimos a seguir desarrollando fuerza e inteligencia social. El resultado de esa apuesta electoral, como bien conocemos, fue inaudito: much@s activistas resultaron electos. Con ese triunfo electoral observamos el inicio del proceso con mucha esperanza. En la algarabía del momento y observando la correlación de fuerzas al interior de la Convención, sinceramente, nos relajamos y olvidamos lo trascendental: el trabajo territorial.

 

La Convención comenzó y como bien sabemos el ritmo de trabajo era extenuante. En ese contexto es que muchos de las y los activistas/voceros cortaron rápidamente relación con sus bases. Decían que el trabajo de la Convención requería que toda energía se canalizara al interior de la institución: en la negociación, discusión y elaboración de propuestas debían estar enfocados los esfuerzos. 

 

Quienes ingresaron al espacio institucional asumieron y propusieron un cambio en la estrategia previamente acordada: del desborde popular y de la activación territorial, debíamos pasar a un apoyo institucional, sin condiciones, defendiendo tanto a los convencionales como a cada una de las decisiones que se tomaran en la CC. Se asentó la idea de que era inevitable plegarse a los tiempos y las dinámicas de lo institucional “¿otra cosa es con guitarra?”… En este proceso de cambio en la estrategia, a los más críticos se les imputaron deslealtades, se les cuestionó el compromiso con el proyecto colectivo e inclusive con el momento histórico. Debido a las fuertes discusiones que se dieron en la interna, muchos de esos espacios se quebraron y se generó entonces un estado de desmovilización. Sin embargo, creímos que no había riesgo, con calculadora en mano observamos que adentro teníamos los 2/3.

 

Si bien varios de estos espacios se levantaron con una idea crítica de la “representación política”, la tesis que triunfó finalmente fue una clásica del realismo político: “el problema constitucional se resuelve adentro”. Había que apostarle todo a nuestros representantes.

 

Con un resultado demoledor en el plebiscito de salida no queda más que asumir que nos equivocamos, trágicamente. ¿Por qué abandonamos todos nuestros esfuerzos previos? ¿Qué nos pasó en el camino? ¿Qué tan grande es nuestro error?

 

El más relevante ya ha sido anunciado: abandonamos el territorio y no logramos desarrollar una pedagogía popular constituyente. Esta equivocación es muy dolorosa. La desinformación en torno al contenido de la propuesta constituyente se esparció por todo Chile… y ninguna organización, ni las viejas, ni las nuevas le hizo frente. Así las cosas, hay que asumir nuestra inexperiencia política, enfrentamos a un adversario muy poderoso con algo más que buena voluntad. En los últimos días ha sonado una frase que me permito replicar, somos y fuimos aficionados, simples amateurs. Sumada a nuestra brutal inexperiencia, en tres años no fuimos capaces de levantar verdaderas infraestructuras políticas populares, que permitieran despliegue territorial con recursos políticos y económicos. Tampoco fuimos capaces de planificar seriamente y con perspectiva histórica una hoja de ruta para afrontar una batalla decisiva.

 

La simpatía con la que varios vecinos y vecinas asistieron a estos espacios no fue transformada en quehacer militante. Es cierto que en todos esos espacios se conformaron núcleos duros de personas que dedicaron su tiempo y sus capacidades de forma regular, pero también es cierto que en la gran mayoría no se logró la persuasión necesaria para continuar. Se repite aquí una idea: poca profesionalización de los espacios.

 

En varias ocasiones se ha dicho que aquellas formas organizativas “transforman rabia en organización”, pero yo discrepo. Cuando la organización es débil hasta la rabia se diluye.

 

Los sectores progresistas en una de las últimas coyunturas electorales apostamos identificarnos con la robustez de un árbol ciprés, pienso que bien haríamos en recuperar como símbolo a la semilla naciente, que tiene potencia, fuerza, proyección, pero que está recién comenzando a crecer.

 

Con la derrota de hace un par de semanas se ha cerrado definitivamente el ciclo de la revuelta, la élite política ha vuelto a tomar el control de la discusión constitucional, el miedo se ha reinstalado como motor de nuestra historia criolla, reingresa legitimada a la discusión pública la episteme transicional de “la medida de lo posible”… con un proceso constituyente de por medio, las fuerzas sociales quedan debilitadas. Hay que seguir escarbando en las razones.

 

Siento mucha pena… hay algunos que nos proponen abandonar nuestras ideas, el proceso de politización social en clave transformadora no fue mayoritario. Hay que asumir las culpas, hay que responsabilizarse, hay que volver a mirarse. No bastó con ganar tres elecciones seguidas.

 

Hemos sido derrotados, fallamos en este intento…

 

Leo cerca de mi casa una pared rayada, hay una frase que me reconforta, pero a la vez me incomoda… “El fracaso es una gran oportunidad para empezar otra vez, con más inteligencia”.

 

 

*Mathías Martínez González es activista social por el Distrito 6

Un comentario de “Esbozo de autocrítica política

  1. Juan Carlos Poblete dice:

    «La Constitución es una institución jurídica que limita el ejercicio del poder por medio del Derecho, que reconoce y consagra derechos fundamentales estableciendo los mecanismos de tutela y protección de los mismos. La Constitución no es más que el reflejo del acuerdo social en un momento histórico determinado sobre un mínimo o básico. Un acuerdo sobre lo fundamental.»
    A partir de la definición anterior, sugiero humildemente que analice si en su autocrítica se responden las siguientes preguntas acerca de la fallida propuesta de Nueva Constitución.
    1. ¿Cómo se limitaba el poder por medio del Derecho?
    2. ¿Los derechos fundamentales que se consagraban eran representativos de TODOS los chilenos? ¿Los mecanismos de tutela y protección propuestos para los DF eran pertinentes y de ajustaban a Derecho?
    3. ¿Hubo realmente intención (o convicción) dentro de la Convención Constitucional de reflejar un Acuerdo Social que representara a TODOS los chilenos?
    4. ¿Los integrantes de la Convención Constitucional tenían cabal noción de la inmensa importancia del momento histórico que estaban viviendo y de la confianza que depositó el pueblo en ellos, más allá de consignas políticas y anhelos personales?
    * De igual forma, considero muy interesante el fondo de su columna.

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