Del estigma al algoritmo

Por María Ignacia Rehbein, practicante de Sociología en Corporación Humanas

El trabajo sexual ha evolucionado de la mano de diversos cambios socioculturales, desde las olas feministas hasta las crisis de los modelos socioeconómicos, siendo capaz de sostenerse en el tiempo. Frente a ello, cabe cuestionarse cómo ha logrado reinventarse a pesar de los últimos y crecientes cuestionamientos a la estructura patriarcal dentro de la cual opera y de la que forma parte.

Para ello, resulta necesario caracterizar sus raíces, que surgen no desde la libertad, sino más bien movilizadas por la necesidad, en un contexto en que las trabajadoras sexuales eran sometidas física y económicamente por la dominación masculina y, socialmente, por el estigma asociado a sus labores. Así, se generaba una de las primeras y más grandes contradicciones de esta práctica: ser buscadas y deseadas por quienes mismo las marginaban.

Ante esto, se observa una constante: los hombres consumen el trabajo sexual, pero repudian a la mujer que lo ejerce, ¿cómo lo hacen? Por medio de la despersonalización de las mujeres. El cuerpo pasa a ser un objeto dispuesto para el uso y goce masculino, mientras que la mujer en sí no se concibe como un ser completo y complejo. Bajo esta lógica, el valor de la trabajadora sexual no es más que aquel que tiene en el mercado.

Ahora bien, con el paso de los años, la globalización y digitalización han llevado al trabajo sexual a masificarse a través de los medios, adaptándose a su formato y requerimientos. Este proceso lo ha vuelto más accesible, haciendo transitar a las mujeres desde las sombras hacia la palestra por medio de un discurso de empoderamiento y liberación sexual. Aunque esta narrativa puede mitigar la deshonra asociada al oficio —dejando de reducir a la mujer a un mero cuerpo—, al brindarle una voz como figura pública, resulta necesario tensionar la clase de discurso que se transmite y de dónde proviene.

Parte de este cuestionamiento surge de una creciente naturalización y promoción de la industria sexual, una que históricamente ha violentado y sometido a las mujeres y que ahora se plantea como emancipadora y revolucionaria. Esto no solo estimula la disociación entre el ser y el cuerpo, banalizando este último y relegando su valor a una moneda de cambio, sino que además abstrae lo humano del sexo y lo reduce a un servicio. 

Esta transición resulta particularmente preocupante, dado que, mediante el rebranding del patriarcado, se convoca a las jóvenes como reclutas sin autonomía sobre sus cuerpos más allá de la rentabilidad de su sexo. Parte de la normalización de las nuevas formas de proxenetismo se evidencia a partir del uso de eufemismos como “creadora de contenido”, con lo que se intenta resignificar o disimular el trabajo sexual en línea, abstrayéndolo de su posición como engranaje dentro del sistema patriarcal y sopesando la responsabilidad del consumidor y de quien provee el contenido como partícipes activos de este.

Con esto no se intenta delegar la culpa a las mujeres ni retroceder a discursos conservadores y moralistas, estrategia que exime al hombre de toda responsabilidad como principal consumidor y sometedor en la pirámide social. Lo que se busca, en realidad, es repensar de forma crítica cómo hablar de trabajo sexual sin humillar y censurar a las trabajadoras, pero tampoco ocultar que el mercado de los cuerpos femeninos encuentra sus cimientos dentro del patriarcado y las dinámicas de explotación que este produce. 

Porque este intento de blanquear la industria resulta contraproducente en la lucha por la emancipación de las mujeres como colectivo y adopta las lógicas individualistas y neoliberales de autoemprendimiento de los cuerpos. La creadora de contenido se posiciona como individuo-emprendedora y, si bien puede ampararse bajo el paraguas de la emancipación femenina que defiende el colectivo feminista, este modelo prioriza una lógica de éxito personal que dificulta la articulación colectiva y desvincula a la trabajadora de la realidad  de sus colegas que ejercen en la calle, negando la continuidad de un mismo mercado, incluso en cuestiones tan básicas como el modo en que se diferencian a través de su denominación.

Al glorificar las ganancias del trabajo sexual en línea como ente separado de la prostitución, se crea una brecha entre este y los efectos directos sobre las otras ramas más precarizadas e invisibilizadas. Dicha separación termina borrando la violencia intrínseca que implica la sumisión del sexo al consumo masculino mediante su mercantilización. De este modo, el control sobre sí mismas no es más que el control para monetizarse y, al naturalizar la sexualización de la mujer, se pueden legitimar desigualdades bajo la idea de que, si yo acepto mi cosificación, esta deja de ser vulnerante.

Resulta incluso más alarmante cuando esta funciona como una vía más atractiva para las jóvenes, usando como referentes los lujos y facilidades que ostentan una minoría excepcional, pero idealizable desde las redes sociales. Tal como advierten recientes estudios sobre el impacto de estas plataformas en las nuevas generaciones, se presenta como una herramienta que desincentiva a las chicas de estudiar y trabajar, planteando esto como una alternativa viable de independencia económica, aún cuando su sustento depende del deseo y financiamiento masculino.

En definitiva, las personas no solo padecen la historia, también la hacen. Por ello, urge cuestionar nuestro rol como agentes productoras y reproductoras de estructuras que nos someten. Hoy dar este mensaje, lejos de contribuir a nuestra libertad, puede terminar truncando aquella que por tantos años fue el motor de nuestra lucha, transando nuestros derechos en la medida que sea posible sacar provecho económico de ellos.