Las mujeres en la historia: Más de veinte siglos de violencia

Por *Carolina Carreño Orellana

 

Aunque de forma lamentable, la violencia contra la mujer se ha instalado fuertemente en la mente de todos a razón de los sucesos que ocurren en el medio oriente. Antes de ello, la problemática habría hecho ruido en nuestra cotidianidad a propósito del encierro por la actual pandemia. A ello una reflexión: no deja de ser curioso que las mujeres sean (¿incluso?) víctimas de violencia en mayor medida cuando debemos convivir forzadamente con nuestra pareja. Paradójico. Durmiendo con el enemigo.

Ahora, el que crea que la violencia contra la mujer es contemporánea y se reduce a un moretón comúnmente no visible deja fuera prácticamente toda la historia de la mujer en el mundo. Las agresiones al llamado sexo débil son tan antiguas como la creación de humanidad y tan diversas como la humanidad misma. Con todo, es importante recordar que la Violencia de Género no sólo la ejercen las parejas, exparejas o personas ligadas a las mujeres por vínculos afectivos, sino que va mucho más allá, superando el entorno cercano de una mujer, ya que la violencia de género puede ser ejercida por cualquier persona, en cualquier momento y en cualquier lugar.

El término «violencia de género» surgió a mediados del siglo XX con la finalidad de dar visibilidad a la violencia ejercida contra las mujeres por su condición de mujer. Fue Leonore Walker, psicóloga estadounidense, quien en 1979 describió en qué consiste el ciclo de violencia con el objeto de ayudar a comprender las estrategias que utiliza el maltratador para lograr que la mujer se mantenga en esta situación. Pero antes de que se instalara (aceptara) este concepto y se consagrara el día anual para recordarlo, así como la suscripción de acuerdos y tratados internacionales para hacerle frente, las mujeres vivían desde hace mucho antes con miedo y, peor aún, con la indefensión que significa el silencio y la falta de apoyo ante hechos de violencia física, sexual y psicológica.

Se dice que todo pasado fue mejor, pero esto no se da si la suerte de las mujeres frente a los actos de violencia. Para ello, es necesario repasar un poco de historia.

Muchos expertos coinciden en que la sociedad prehistórica era más igualitaria que la sociedad moderna, al menos en el reparto de tareas entre hombres y mujeres. Los estudios etnográficos demuestran lo extraño que resulta en la prehistoria encontrar una actividad exclusiva a cada género. Sin embargo, desde esa época ya se vivía la violencia de género. En el año 2009 tres cráneos de mujeres fechados en la Edad del Cobre o Calcolítico (año 3.000 antes de Cristo) fueron encontrados con presencia de fisuras óseas por heridas sin cerrar, probablemente «agresiones» que «les causaron la muerte», y que por las características, debieron ser propinadas por otro humano y no por un animal. Un tipo de violencia física muy evidente. Luego, en el año 400 a.C., las leyes de Bizancio establecían que el marido era un “dios” al que la mujer debía adorar.

Pero si avanzamos un paso más adelante, en la antigua Roma (considerada por muchos como la sociedad machista por esencia) las cosas se van poniendo peor para el género femenino. La mujer era considerada inferior y por tanto, podía ser vendida, castigada o incluso asesinada por el pater familia según sus deseos. No mejor destino tenían en Grecia, ya que cuando la pareja era acusada de cometer un delito, la pena sólo se le imponía a la mujer. Incluso, es posible encontrar en la literatura griega comportamientos violentos contra la mujer como norma natural, como por ejemplo, que Zeus golpeará frecuentemente a su esposa Hera. En el diario vivir de la gloriosa ciudad de Atenas las mujeres eran únicamente tomadas en cuenta para procrear, llevar a cabo las labores del hogar y cuidar del hombre, no tenían voz ni voto. La mujer era vista como un ser inferior frente al hombre en todos los sentidos. Si una mujer enviudaba era obligada a casarse y no con quien ella deseara, debía casarse con un hombre que su difunto marido habría dejado seleccionado antes de su muerte. En aquella civilización era un honor tener un hijo varón, mientras que las niñas eran abandonadas. Resulta paradójico que aún así había—mujeres libres—,  las cuales gozaban de gustos que se daban solo aquellas casadas  con varones  estables económicamente. Estos gustos estaban representados en el cuidado personal: maquillaje, teñirse el cabello, usar perfumes, arreglar sus uñas y depilarse el bello corporal.

Luego, si revisamos la Edad Media podemos ver cómo allí se afianzaron muchas de las ideas de desigualdad de las mujeres que aún siguen vigentes. En efecto, los nobles golpeaban a sus esposas con la misma regularidad que a sus sirvientes. En Inglaterra esta práctica se llamó “Regla del Dedo Pulgar“, pues el esposo tenía derecho a golpear a su pareja con una vara no más gruesa que el dedo pulgar, para someterla a su obediencia. Luego, en Francia se estableció que cuando un hombre mataba a su esposa en un exceso de cólera no era castigado, siempre y cuando se arrepintiera mediante juramento.

Habría sido probablemente esta época en la que habría surgido y se habría consolidado el patriarcado. Para la sociología, es la forma como la familia se centra en el padre o marido, al cual corresponde la autoridad. Su origen parece relacionarse con aparición de la agricultura y de la propiedad privada -sociedad feudal-, en las que las actividades de poder, bélicas, económicas y sociales pasaron a ser competencia casi exclusiva del varón. Siglos más adelante, entre los siglos XV y XVIII, se registró la muerte de unas 60.000 mujeres en Europa Occidental acusadas de brujería, quienes antes eran sometidas a torturas y todo tipo de vejámenes. No será sino hasta el siglo XVII cuando algunas personas comenzarán a condenar la violencia brutal contra las mujeres fuera del hogar y a creer en la idea de que la mujer no es una “cosa” ni propiedad del Estado. Es decir, tendrá que esperar diecisiete siglos para adquirir algo de dignidad y derechos.

No obstante, el descubrimiento del nuevo mundo no traería nuevas esperanzas a la historia de la mujer. A diferencia de los hombres, ellas no podían viajar solas a descubrir nuevas tierras, ya que de hacerlo debían ir en compañía de un familiar o una persona de respeto. Obviamente el marido hace rato se había ido de su lado deseoso de conquistar tierras, oro y… nuevas mujeres. De las valientes que se atrevían a venir al nuevo mundo, las menos, lograban reencontrarse con sus maridos. Las más, fallecían en el camino producto de, entre otros, vejámenes y violaciones. La corona española procuraba reunir a las familias para poblar las nuevas tierras, pero no garantizaba la seguridad ni integridad de la pasajera. En el otro lado de la moneda, conocidos son episodios de dominio y violencia física y sexual a las que eran sometidas mujeres nativas de las tierras americanas por parte de los conquistadores europeos, las que eran usadas para satisfacer los deseos de los valientes caballeros.

Eso era en la “civilizada sociedad europea”. Lamentablemente, en el oriente la violencia a la mujer también dejaba víctimas, salvo que de formas diferentes. En la India si un esposo moría, su mujer era quemada viva junto al cadáver, siendo esto una de sus obligaciones como esposa. Además eran motivo de repudio las mujeres que no podían tener hijos o la que parían sólo hijas. En comunidades de Irán y Etiopía nacer mujer era una deshonra; incluso este vocablo era sinónimo de bajeza, debilidad y desgracia. Según las normas islámicas, la mujer casada es propiedad privada del marido. El Corán estipula como deber del hombre pegarle a la esposa rebelde, así como el encierro perpetuo de las infieles en la casa. Se exonera de responsabilidad penal al esposo cuya mujer falleciere como resultado de una golpiza con fines “educativos” (esto último ya casi nos suena bastante conocido, ¿no?) Todo ello resulta escandalosamente contrario al antiguo Egipto, donde las mujeres tenían similares derechos económicos y legales que los hombres y llegaban a ser vistas incluso como heroínas.

Con todo, la religión tampoco ha sido benévola con la condición de fémina. Las organizaciones sociales más poderosas como la Iglesia Católica, las monarquías y  los ejércitos se consolidaron eminentemente masculinos y bajo su poder. A contrario sensu, la concepción de la mujer pasará a relacionarse con lo pecaminoso y lo demoniaco. Por ejemplo, en la Biblia de los cristianos, es una mujer la única causante de que el resto de los mortales fueran expulsados del “Paraíso Terrenal”, pese a que quien comió “el fruto prohibido” fue el hombre y no ella, historia que tiene (curiosamente) coincidencias en otras religiones y libros sagrados. Luego, la expansión de las religiones monoteístas -judía, budista, cristiana y musulmana- reforzaron el patriarcado con la existencia de un solo dios, masculino y todopoderoso, al tiempo que las mujeres desaparecieron de los templos y de los ritos religiosos en los que antes habían tenido algún protagonismo. De ahí se explica por qué en esta época fue borrado de la historia todo atisbo de historias de mujeres heroínas, inspiradoras, intelectuales, líderes espirituales, así como de grandes guerreras y luchadoras.

A comienzos del siglo XX, la situación de la mujer en el mundo moderno occidental será la continuación del siglo XIX y supondrá su subordinación absoluta al varón. Así, las tradiciones procedentes de las centurias previas, impregnadas de un fuerte componente religioso, serán sancionadas por nuevos conceptos “científicos” desde la medicina, la psicología o la biología, y van a ser asumidas por el Estado liberal que codificará en sus leyes civiles la inferioridad y dependencia de la mujer. Mientras, las penales graduarán los castigos en función del sexo del infractor, generando un clarísimo agravio comparativo contra la mujer, pues ante cualquier trasgresión que amenazara el orden moral (adulterio, amancebamiento, violación) se (seguía) castigaba únicamente a ellas. Estas mismas leyes harán muy difícil el acceso de las mujeres pobres a la alfabetización y limitaran la de las privilegiadas a una “educación adorno” y un  “ideario de la domesticidad” que limitó el desarrollo de la mujer a su papel como madre-esposa sin contemplar su individualidad ni independencia. Tendrían que pasar más de 50 años para que aquella situación fuera al menos cuestionada, ya que recién a partir de los 80, la mayoría de países del mundo comenzarían a adoptar medidas para eliminar la discriminación o violencia contra las mujeres.

Aunque quisiera terminar esta reseña cronológica con un final feliz, los hechos me superan: en pleno siglo XXI el 35% de las mujeres del mundo han sufrido violencia de pareja o violencia sexual por terceros en algún momento de su vida, un 38% de los asesinatos de mujeres que se producen en el mundo son cometidos por su pareja. Ello sin considerar otras formas de violencia “menos violentas”: discriminación laboral, impuesto rosa, acoso laboral y sexual y el más cercano hecho de sentir miedo si vamos solas por la calle, especialmente de noche. A ello debemos sumar que toda situación de conflicto nacional o internacional, posconflicto y desplazamiento pueden agravar la violencia y dar lugar a formas adicionales de violencia contra las mujeres.

De todo lo expuesto, es posible concluir que la distancia cultural entre las civilizaciones antiguas y la nuestra, en relación al trato a las mujeres, no es tan grande como creemos. Podemos darnos cuenta que aun viendo los hechos seguimos cometiendo los mismos errores, siendo el más recurrente el de la violencia doméstica. Este repaso cronológico ha dejado de manifiesto la lamentable situación histórica de la mujer desde los comienzos de la humanidad y ha demostrado que se trata de un hecho histórico ajeno a toda moda o noticia internacional.  Si bien se han establecido políticas que defienden a la mujer, aun así pareciera que no se lograran tomar enserio. Luego, queda en el aire la pregunta evidente: ¿Cuántos siglos más tendrán que pasar para que se ponga fin a la violencia contra la mujer?

 

*Carolina Carreño Orellana es abogada de la Universidad Finis Terrae con magíster con distinción máxima en Derecho Público con mención en Derecho Constitucional en la Universidad Católica de Chile. Se desempeña como docente de la Universidad Católica Silva Henríquez del ramo Derecho Constitucional y trabaja actualmente en el Tribunal Constitucional. Asimismo, es Directora del Departamento Jurídico y de DDHH de la Fundación Equidad; Asesora Legal de la Federación de Enfermedades poco Frecuentes Chile (de FENPOF) y Miembro del equipo jurídico de la ONG Observatorio de Derechos Humanos (ODH).

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