El cuadro dentro del cuadro

Texto y foto por Tomás Novoa Valencia*

Lxs constituyentes se han reunido, por fin. El punto de encuentro es un edificio que lleva el nombre de lo que ya no es: el ex Congreso Nacional. La mitad de lxs convocadxs se distribuye en diferentes salas, desde las que observan con nerviosismo lo que ocurre en el Salón de Honor. Allí se encuentra la otra mitad. Ochenta cabezas. Ciento sesenta ojos -no falta ninguno- miran cómo Elisa Loncón, con voz resolutiva, da inicio a la primera sesión de la Convención Constitucional. Y tras ella, observando desde las alturas, un cuadro. 

La pintura deja ver a un enfundado Diego de Almagro montado en un caballo blanco, con la mirada perdida en el horizonte de un valle destinado a portar el nombre de Chile. Abajo, el nombre del cuadro: El descubrimiento de Chile por Diego de Almagro. ¿Qué cubría  estas tierras antes de la llegada de ese jinete plateado? Podría decirse que nada. Podría decirse justamente lo contrario: que la tierra está desnuda y es la mirada de ese tropel de españoles sedientos la que va cubriendo los rincones del paisaje con las posibilidades que imaginan. La explotación. La civilización. El progreso. Un futuro que, dada la composición del cuadro -la mirada de Almagro se orienta hacia el sector más iluminado-, sugiere esperanza. Pero en el otro extremo, en la esquina inferior izquierda, una pareja indígena nos devuelve a la tierra. Están sentadxs en el suelo, con sus rostros agotados pero reflexivos, como pensando en una lengua inentendible para las decenas de españoles reunidos a sus espaldas. Sus cuerpos tienen el color de la tierra. Sus ojos parecen mirar y conversar con un cactus. Su expresión es la de quien intuye un desastre inminente. ¿Será que los pájaros les advirtieron de algo en el camino? Hay un dejo de desconfianza en sus muecas. Una sospecha de que seguirán siendo silenciados, sometidos y violados. Invisibilizados. Imagino que se preguntan por cuánto tiempo tendrán que soportar la sombra del gran manto de sangre con el que los descubridores cubrirán el territorio. 

«Están sentadxs en el suelo, con sus rostros agotados pero reflexivos, como pensando en una lengua inentendible para las decenas de españoles reunidos a sus espaldas. Sus cuerpos tienen el color de la tierra. Sus ojos parecen mirar y conversar con un cactus. Su expresión es la de quien intuye un desastre inminente. ¿Será que los pájaros les advirtieron de algo en el camino?»

Pedro Subercaseaux, autor del cuadro, decía que a la hora de pintar, no le atraían los términos medios: “Para sentirme plenamente feliz, debo tratar, o bien un tema sereno y apacible, o si no, un asunto en el que se entrecrucen las formas o las líneas con la violencia(…)”. ¿En cuál de las categorías habrá inscrito la escena representada por Almagro? Seguramente en la primera. Cien años después, a muchx nos parece que en la segunda. Sin duda, el pintor no se traicionó. 

Hoy el cuadro se completa con lo que está fuera de sus márgenes. Volvemos al Salón de Honor del ex Congreso. Volvemos a Elisa Loncón, quien extiende un reconocimiento con tintes de disculpa, de ese arrepentimiento que jamás ha brotado de boca de las autoridades oficiales. Las palabras de Elisa funden el tiempo: un reconocimiento de quinientos años a la Machi Francisca Linconao, un reconocimiento  de cincuenta años a Luisa Toledo y un reconocimiento actual a Fabiola Campillai. “Debí haberlo hecho al inicio”, confiesa. Quiero pensar que fueron lxs indígenas, apostados a la base del cuadro, quienes le recordaron en un susurro generoso la necesidad de saludar a las tres mujeres. Y que con ese gesto se empieza, poco a poco, a descubrir Chile. 

8 de julio, 2021

(*) Es actor y guionista. 

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